Unos 250 evacuados que viven en el gimnasio de una escuela japonesa en la zona afectada por el maremoto del mes pasado se levantan cada mañana, y entre ellos, Yuka Chiba, de 13 años, lo hizo el jueves para asistir al primer día de clases del nuevo año escolar.

Chiba no asistía a clases desde el 11 de marzo, cuando un sismo de gran intensidad y el subsiguiente maremoto destruyeron la mayor parte de su barrio.

Yuka recorre el frío suelo de madera del gimnasio vestida con una camisa de franela que le sirve de piyama para acudir a unos grandes calentadores de agua situados junto a la puerta. No hay necesidad de apresurarse, ya que solamente tiene que caminar hasta el siguiente salón de la Escuela de Enseñanza Superior Shishiori para asistir a clase.

En la zona del desastre, el año escolar que normalmente comienza los primeros días de abril inició este año un poco más tarde que lo normal. Y muchas de las escuelas iniciaron esta semana sus clases en un ambiente de tragedia.

En las prefecturas de Fukushima, Miyagi e Iwate, que sufrieron los mayores daños del doble desastre, más de 1.000 estudiantes y maestros murieron o desaparecieron, entre un número de fallecidos que podría superar los 25.000. Y mientras las autoridades sigue construyendo viviendas provisionales, muchos estudiantes viven en los gimnasios de sus propias escuelas, al mismo tiempo que lloran la pérdida de familiares, compañeros de clase y sus casas.

Los sicólogos y asesores escolares de todo el país están siendo entrenados y enviados a las zonas más castigadas para consolar a los estudiantes y ayudarles a reponerse del trauma.

“Quiero recuperar mi vida normal. Aquí hay que tener cuidado en todo momento, una no puede llegar a relajarse”, dijo Chiba.

Las clases en esa zona estarán congestionadas, ya que 200 escuelas deberán ser reemplazadas o requerirán obras importantes. Otros miles más necesitas reparaciones y varios centenares son usadas como refugio.

Chiba, que aborrece las ciencias según admite, está encantada de iniciar el nuevo año escolar en su liceo de Kesennuma, en la prefectura de Iwate. Empero, estudiar no será fácil. Su casa es ahora una diminuta área en el suelo cerca de las puertas del gimnasio, donde hay un flujo constante de personas para usar los baños móviles emplazados en el exterior.

Juega en el equipo de tenis de la escuela, pero incluso esa posibilidad no es segura tras el desastre.

“Comenzaron a construir ayer viviendas temporales en los predios de la escuela, pero no estoy segura si podré jugar al tenis”.